Reciprocidad
Llega un momento en el que todo te suena a artificial. No puede ser cierto, esto es un sueño poblado por cientos de detalles negativos. Todos, uno tras otro. Y si piensas que sólo pides reciprocidad, ni más ni menos, y crees que no puede ser tan difícil, te das de bruces contra el muro de la ingenuidad.
El individuo ha de ser recto, trabajar bien y cumplir con las normativas imperantes. Sin embargo, a cambio sólo recibe desconsideraciones, errores, descuidos y tomaduras de pelo. Porque no hay otra forma de verlo. O sí la hay, pero me la reservo. Así las cosas, sólo queda pensar en las quimeras como vehículos que te lleven desde un día hasta el siguiente. A mundos ideales en los que no existen el engaño ni la ocultación, la injusticia (manifiesta) ni la mediocridad, las empresas explotadoras ni las administraciones que sólo protegen a los “importantes”, los que juegan con tu vida ni los que ofrecen una propina por lo que haces con ella. Y al primero que pida comprensión, desprecio. Al resto de la fila, desdén, repulsa y represión (propia). Mucho aguante.
Miras aquí y allá y sólo ves gatos enormes que se rascan sus barrigas enormes con sus afiladas garras de oro, con sonrisas implacables y orgullos que se nutren de los sufrimientos de los demás. Sin límite, se inflan como el universo, nadie sabe dónde está el final, sí es que existe. Lo deseo, sinceramente. Espero que llegue un momento en el que esa satisfacción personal no se pueda inflar más, explote y se vuelva con implacable virulencia hacia dos personas, el que se aprovechaba de ella y el que lo permitía.
¿Odio? Proporcionalidad.
Paranoid escucha Death on two legs, de Queen