A veces da miedo pensar, mejor comprobar, en manos de quienes estamos. También de los políticos, si, pero en este caso me refiero a los amados funcionarios ubicados en cualquiera de las delegaciones de la Agencia Tributaria. Quien lo sea, quien tenga familiares en esa situación, por favor, cierre la ventana del navegador.
No sé qué pensar de ellos. En serio. No alcanzo a entender si todos los errores que cometen, que son muchos y estúpidos, provienen de su desgana crónica, de una posible visión cicatera de la vida o del probable traspaso de sus problemas personales a su ámbito profesional. También puede ocurrir que sean lerdos. Es más, en ciertas ocasiones está claro que son lerdos.
Me resultara complicado plasmar aquí todo lo que me ha ocurrido durante las dos últimas campañas de la Renta y lo que le ha sucedido a Lau, más grave aún. No habría mente humana capaz de digerir una lista tan enorme de malentendidos, errores, omisiones, puntos de vista diferentes, instrucciones inválidas, discusiones e imprecaciones contenidas en tonos y miradas. Ni yo mismo logro entenderlo. Comprendo que se trata de un ingente trabajo de gestión, con un número inimaginable de datos que afectan a millones de españoles. Entiendo esto, pero no el hecho de qué, ocurra lo que ocurra, no se sientan (o reconozcan) culpables ni ofrezcan una solución rápida y viable. Porque me río de sus reclamaciones en registro. Me río por no ponerme violento, porque tratar de que te solucionen cualquier incidencia ante algo parecido a un muro de hormigón genera un resquemor también denominado ira que a veces es complicado controlar.
Más difícil aún cuando la consecuencia de su estupidez genera un castigo, en este caso monetario. Una cadena de errores en los que han participado todos durante un año. Nadie se libra. Ni los funcionarios de Palencia, ni los que atienden vía telefónica, ni los pasan el día aquí, en la delegación de Núñez de Balboa de Madrid, ni siquiera, y este fuera del ámbito de Hacienda, del señor cartero que amablemente informó de que en nuestra dirección no vive la persona indicada. No, no vive.
Y sé que todo esto no sirve de nada. No vale porque ni lo va a leer la persona adecuada ni, aunque lo hiciera, iba a cambiar nada en un mundo enquistado de personajes desilusionados con la vida cuya idiosincrasia particular genera una colectiva. Esa que no ha cambiado en años y nunca lo hará. Pero yo al menos me siento un poco más desahogado.
Felicidades, por cierto, aquellos que, aunque no lo parezca, sí que hacen bien su trabajo en este microcosmos de la AEAT. Me he encontrado con dos en un año.
Felicidades, por otro lado, a Don Mazinger. Según mis cálculos, acabas de cumplir el primer tercio de tu vida. Propósito para el segundo, estrechar aún más tu lazos con la cerveza.
Paranoid escucha Vintage, de Jean Michel Jarre